lunes, 15 de marzo de 2010

Una patada por tu opinión

Hay un pequeño cuento, de esos con moraleja, que narra la historia de un niño, su abuelo y un burro. Los tres entran a un pueblo, el niño va montado en el burro y el abuelo camina a su lado. La gente de ese pueblo comienza a criticar: “¡Qué niño más desconsiderado, deja al pobre anciano caminando, mientras él va cómodo en el burro!”. El trío oye las críticas y el niño se baja y deja que su abuelo vaya en el burro.
Los tres entran al segundo pueblo y la gente empieza a decir “¡Mira a ese viejo como deja que el pobre niño camine, mientras él va felizmente sobre el animal!”.
Se marchan al tercer pueblo, y esta vez van los dos montados en el burro. La gente empieza a decir “¡Pobre animal, tiene que soportar demasiado peso cargando a ese par!”.
Llegan al cuarto pueblo; tanto el abuelo como el niño van caminando y el burro va sin carga alguna. La gente empieza a decir “¡Pero qué estúpidos, van a pie cuando pueden ir en el burro!”.
El abuelo y el niño se miraron de manera cómplice. Hartos ya de tantas críticas, sacaron sus metralletas y destruyeron al cuarto pueblo, retrocedieron al tercero e hicieron lo mismo… y así sucesivamente hasta llegar al primer pueblucho. Fin.

Bueno, el final no es así, pero es lo que provoca hacer con muchísimas personas.

Hace poco me ocurrió algo que me afectó realmente, y no he podido “superar” en cierta forma lo mal que otro ser humano, al que llamo “amigo”, me hizo sentir (o sea que soy una rencorosa y me muero por desquitarme, pues).

Yo soy una persona callada, lo he sido toda la vida, básicamente porque mi mente está casi siempre en otro lado o porque no tengo absolutamente nada que decir ante las extremadamente respetables opiniones de otros seres humanos (básicamente porque no me gusta pelear). Es diferente cuando estoy en confianza y con gente que aprecio; con ellos sí puedo expresar que mi mente está en otro universo y puedo opinar lo que quiera… o eso creía yo.
Y ahí viene otro problema: tiendo a ser demasiado honesta. No siempre es así, pero todo es relativo ¿no?
Esa persona a la que llamo “amiga” pidió mi opinión sobre una actividad que estaba haciendo. Yo fui honesta y le dije lo que a MÍ me parecía que debía mejorar.
Es curioso, pues ese ser nunca hizo caso a nada de lo que le dije y, sin embargo, seguía pidiéndome consejos, y yo de imbécil seguía tratando de ayudar.
Aclaro que esa “actividad” (no es nada perverso ¿eh? Jajaja) involucraba a muchas personas más. Y yo era una simple espectadora, nada más. ¿Y qué hace un maldito espectador? ¡Dar su opinión! ¿Y qué pensaba yo? Que la “actividad” era aburrida y mala.

Un día, estaba con ese ser al que llamo “amigo” y otra persona (que en absoluto estaba involucrada en la “actividad”) y comenté que a mí me parecía que la “actividad” no era buena. “Es malísima” dije.
¡Oh, sorpresa! El ser humano al que llamo “amigo”, que tanto me había pedido mi opinión y que también había expresado continuamente su rechazo y desagrado a la “actividad” durante MESES, enfureció y me dijo un montón de cosas horribles. Dio a entender, entre muchas cosas, que como yo en esa “actividad” no pintaba nada, entonces NO podía opinar, y cito “y te callas la boca”.
¡Oh, Dios Sapo, cómo me sorprendió eso! Sinceramente, hacía mucho tiempo que las palabras de una persona no me afectaban tanto. ¿Y saben qué es lo que más me molesta? ¡Mi estupidez! ¡Mi soberana estupidez! ¡Debí quedarme callada o mentir!

¿Y es que acaso una persona que ve una película no puede opinar sobre ella así no haya pagado la entrada al cine, por ejemplo? ¿Es que no puedo leer un libro y decir que apesta, aunque yo no haya ayudado a escribir ni una coma? ¿No puedo ver una obra de teatro y decir que es mala, así yo no haya ni siquiera barrido el escenario?

Sí, yo sé que también afecté las emociones de ese ser humano. Lo admito. Sin embargo, no era esa mi intención; solo expresaba mi opinión, que sé que no vale mucho y que a nadie le importa, pero me dio la gana de expresarme. Y lo peor es que el ser humano tampoco me dio oportunidad de decir por qué me parecía malísima la “actividad”.

Cuando por fin la “actividad” se llevó a cabo, esa misma persona tuvo las bolas de preguntarme “¿Qué tal salió?”
Lo confirmo cada día más, la gente es imbécil (me incluyo, claro).

¿Qué aprendí de esto? Nada que no supiera ya, solo que no me había dado cuenta.

Hay una frase de yo-no-sé-quién que dice algo parecido a esto: “Es preferible estar callado y parecer tonto a abrir la boca y no dejar duda”.
Y me pregunto ¿Para qué demonios piden mi opinión si no me escuchan, y luego siguen con el mismo problema? ¿Por qué demonios se quejan tanto de algo y lo rechazan y luego enfurecen cuando uno intenta expresar algo? ¿Cómo funciona la cabeza de los demás? 0_0

¿Qué qué tiene que ver el cuento del burro, el niño y el abuelo con toda esta paja loca? Yo no sé, no respondo, no opino.

¿Qué crees tú?
SE ACABÓ

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